Este apartado no pretende ni molestar ni tiene rigor histórico, tan solo entretener y no dejar en el olvido frases, ”ocurriencias” o hechos mas o menos curiosos que son nuestros.
Si alguien por sentirse aludido quisiera modificar o anular algo que lo haga saber. Agradeceríamos la aportación de nuevas andanzas de vecinos de Belver de Cinca.

Hay palabras que enlazan con el Dizionario belverino.


Los de Belver encortadores, que confunden a los caminantes. Es así como se nos menciona en el Romance de la Rivera. Encortadores viene a ser algo así como brujos o hechiceros.
Se cuenta que cuando una pareja se casaba, si se cruzaban los dedos (encortar) se provocaba un hechizo por el cual esa pareja no duraba o no podía estar junta.
De Belver ni burra ni mujer, burra “guita” y la mujer maldita. Este dicho se dice en los pueblos vecinos (sobre todo en Osso), desde luego los de Belver no lo compartimos, aunque .......

Río Cinca, Cinca traidora, se ven las piedras y el agua a la “gola”. La gente del lugar de mediana edad y por supuesto los mayores, recuerdan con nostalgia, las aguas transparentes del Cinca y la sana costumbre de bajar los días calurosos a bañarnos al río y es verdad que engañaba, podías ver el fondo y sin embargo tener profundidad, ocasionando más de un susto y alguna que otra desgracia. Lástima que cuatro fábricas de mala leche, hayan conseguido que este dicho sea hoy mentira.

Una belverina, Alicia, nos envía esta historieta que le contaron de unos mozos de Belver.
... el caso es que hace muchos años ya, recién terminada la guerra, los mozos que quintaban en Belver (que debían de ser más brutos que diez arados uno encima de otro) se fueron a hacer el bruto a Osso, y dando grandes gritos se pusieron a cantar ...
MOCITAS LAS DE BELVER
YA PODEIS REBAJARLO
PORQUE LAS MOCETAS DE OSSO
EN LA CARRETERA LO ESTAN DANDO.
Cada uno que entienda lo que quiera.
Pero parece ser que las autoridades del lugar se lo tomaron por la dirección más negativa posible y la emprendieron con los mozos, que según me han contado fueron directos al cuartelillo, y tuvo que intervenir la autoridad provincial, que debería de ser el Gobernador Civil de aquellos entonces. Y se cuenta que en más de una casa tuvieron que vender la burra para poder sacar libres a los mozos.
Y nada eso es todo, solo siento que la historia sea un poco misógina y un poco machista, pero en fin, eran otros tiempos.

Con dineretes chufletes. Hace algunos años los viajes “de fuera”, no eran tan comunes como lo son hoy y si algún vecino o conocido debía desplazarse a la ciudad, era común darle encargos, del tipo ya me traerás “tal cosa” o mira si me encuentras “tal otra”, pero nadie se acordaba que “las cosas” cuestan dinero. Esto mismo le ocurría a un vecino, todos le daban encargos, para que les trajese de su viaje, pero nadie dinero, salvo una mujer que se cruzó con él, le dijo: toma estas “perras” y tráeme unos “chufletes” para los críos, a lo que el vecino contesto, tu “chuflarás”.

Un caso de devoción. Terminada la misa y la procesión en honor a San Sebastián, es costumbre reunirse alrededor de la hoguera, tomar vino y torta, a la vez que cantan las coplillas y se le dedican vivas al Santo, en eso estaban cuando a un vecino de la “calle bajo” se le hoyo gritar a pleno pulmón “viva San Sebastián, me cagüen Dios”.

El pellejo del galgo. Los galgos para la práctica de la caza, eran muy apreciados y si eran buenos se compraban y vendían caros.El abuelo “Corisa” crió uno, cuya estampa no correspondía con su inutilidad para cazar, por lo que le era imposible venderlo, así se lo hizo saber a su amigo “el gaitero de Belver”. El gaitero lo tranquilizó diciéndole, no te preocupes, para la Feria de Alcolea me han contratado para tocar y de paso que me acompañas con la guitarra, te traes ese “pellejo” que ya verás como lo vendemos. Llego la Feria de Alcolea, la más importante de la “redolada” y para allí fueron los tres. Comenzaron ha llamar la atención, haciendo sonar los instrumentos, pero de cuando en cuando el Gaitero paraba de tocar, aprovechando los momentos en los que más público tenían y comenzaba a medir al galgo, lo media a palmos, de alto, de ancho, de largo, repitiendo la misma acción una y otra vez y sin decir palabra volvía con su música, un gitano intrigado por aquel comportamiento, preguntó si el galgo estaba en venta, a lo que Corisa contesto que si el precio era bueno si, el regateo fue escaso y pronto el gitano se hizo con el galgo .
Al cabo de pocos días, se personó el comprador del animal en casa del Gaitero y le preguntó ¿por qué medía usted tanto al galgo, si no vale “pa na”, a lo que el Gaitero contesto, yo no medía el animal que ya sabía lo inútil que era, yo media su pellejo que para una gaita me era grande y para dos me era escaso.


Más miedo que el abuelo Corisa. Ya conocemos a Corisa y su afición a tocar la guitarra.
Llevaba tiempo Corisa sin utilizar el instrumento, por lo que lo tenia “alzau” en el “mirador”, cuando una noche se despertó sobresaltado, en el piso superior se oían sonidos extraños, reconoció el sonido de su guitarra, hasta creía reconocer la canción que sonaba, el problema era ¿qué o quien era el músico?, en toda la noche no “pegó ojo”, imaginando posibilidades a cual más descabellada, terminó por pensar que sería cosa de fantasmas.
Al día siguiente y todavía con el susto en el cuerpo, contó lo ocurrido en espera de ayuda, pero solo encontró risas, la noche siguiente fue todavía peor, el concierto comenzó pronto y duro hasta la madrugada, tomo la determinación de averiguar el misterio, pero el solo no se atrevía, consiguió convencer a un amigo para que le ayudase a descubrir el enigma. A puestas de sol estaban los dos valientes montando guardia, escondidos y bien pertrechados, con escopeta y cuchillo así como crucifijo y rosario, no se olvidaron de la bota y el chorizo por si la noche se hacia larga, pero los "fantasmas” pronto comenzaron con su serenata de la guitarra, salían sonidos pero no se veía a nadie, con más miedo que otra cosa, los valientes se acercaron lentamente y la guitarra dejó de sonar, cuando más desconcertados estaban del interior de la guitarra asomo un ratón, que al pasar entre las cuerdas las hacia sonar y al poco otro y otro más, toda una familia de ratones había tomado el interior de la guitarra como vivienda. El misterio quedo desvelado y a Corisa la “coletilla”.

Cuestión de lógica. El Baratero contrató al Pito para trabajar “en Domingo”, el trabajo consistía en “picar remolacha”, duro trabajo, el Pito puso por condición un almuerzo en condiciones. Y “a punto y día” se encontraban en el tajo, cuando el Pito sugirió que podrían almorzar antes de comenzar con el trabajo, el Baratero pensaba que primero debían trabajar un rato, a lo que el pito le contesto “un saco vacío no se tiene drecho”, no muy convencido el Baratero accedió, almorzaron sin prisa y bien, una vez hubieron acabado con todas las provisiones y apretado bien la bota, el Pito se levanto despidiéndose con un “que vaya bien”, ante el enojo del Baratero el Pito se volvió y le dijo “un saco lleno no se dobla”.


El duro del Rafelo. Los de Belver siempre hemos tenido la fama bien ganada de rondadores, aún cuando los bares eran pequeñas tabernas y los dineros escasos. Por esos tiempos cuentan que una cuadrilla de rondadores gustaba de ir de tasca en tasca, era costumbre que cada ronda la pagaba uno, bien por orden o sin él,  pero con idea de colaborar todos de forma equitativa, con esta cuadrilla  rondaba un tal Rafelo, no tenia problema en pagar su ronda correspondiente, para lo que con mucha ceremonia sacaba de la “pocha” un reluciente duro de plata que dejaba sobre el mostrador. El pobre tabernero no podía cobrar al no disponer de dinero suficiente para “la vuelta”, con lo que el Rafelo volvía a embolsarse “su duro” intacto, para cumplir con su parte en otra ocasión.

La prueba de la sardina. Cuentan que cuando un “joven” quería casarse o entablar relación con una moza el padre lo sometía a una prueba, esta consistía en invitar al candidato a una jornada de trabajo, se le daba una “jada” y una vez en el tajo se colocaba el morral con el almuerzo en un extremo de la “marguin”, no se le decía por donde debía comenzar a picar, en eso se basaba la prueba, si comenzaba almorzando o si por el contrario lo posponía para después de realizado el trabajo, lo que daba unas pistas de su forma de ser.

Bochorno. El bochorno además de ser un viento cálido que en ocasiones trae lluvia, expresa un estado de vergüenza.
Quien a pasado por el trago de entrar por primera vez en casa de ella o de él, sabe de los nervios que se pasan. En este caso se encontraba un mozo de Belver, ”convidado” a comer y siendo el centro de atención no “atinaba” a contestar y tan solo podía pensar en la hora de “pillar la puerta“. La prueba había sido superada, la comida se encontraba en la fase de “resopón”, tan solo restaba buscar el momento idóneo y la excusa adecuada para poder emprender la huida, cuando se percato de que llevaba la bragueta bajada, con mucho disimulo, sentado como se encontraba con las manos bajo la mesa y sin mirar para no levantar sospechas fue “abrochándose” la dichosa bragueta, no sin esfuerzo lo consiguió. Era el momento, sin pensárselo se levanto, dijo algo que nadie comprendió y dio unos pasos a toda prisa en dirección a la puerta, cuando a sus espaldas se escuchó un “estrapaluzio”, tazas botellas y platos se estrellaban contra el suelo ante el asombro de los presentes, el mantel agarrado a la bragueta y arrastrado en la fuga dejó la mesa limpia. No se muy bien como termino el incidente, me contaron que el padre de la chica le dijo al “terremoto” algo así : “espero que esa bragueta no cause más problemas”.

Amnesia. La mili ya no es lo que era, la he oído en muchas ocasiones y en realidad es verdad, lo que hoy es un puro trámite o un incordio de unos meses, o incluso de nada, porque está en vías de desaparecer (se escribió cuando era obligatoria), en tiempos de nuestros padres era toda una aventura que duraba años y en pésimas condiciones, solía ser en muchos casos la oportunidad para salir del pueblo.

Cuentan que cuando se volvía de la mili la persona había cambiado. Algo así le ocurrió a nuestro protagonista, volvía de la mili y volvía diferente, no recordaba el nombre de las herramientas de trabajo ni para que servían, por lo que no las sabía o no las podía utilizar, a todas las llamaba igual: “cacharrito”. Pero su familia en un esfuerzo por “curarle” lo llevaba a todas partes para ver si recobraba la memoria. Enfrascados en las labores de la trilla, el desmemoriado jugaba con una herramienta llamada “retabillo (una tabla de metro o metro y medio con un mango que sirve para recoger la paja molida y el grano), la pisaba con el pie mientras decía : “¿Que cacharrito es éste?”, hasta que calculó mal su fuerza y al pisar el “cacharrito” se incorporó sacudiéndole con el mago en los morros, recobrando el mozo y de manera milagrosa la memoria, puesto que exclamó “me cago en el retabillo la Virgen”.


Un recadero un tanto especial. Fue el Pelaire a por cinco litros de buen vino, para las celebraciones de la iglesia. Se fue pues a hacer el encargo, con garrafa y tomando el camino más corto, cruzando el río “al drecho”, le costó su tiempo ir y volver a Chalamera ya que hubo riada, y ya de vuelta lo preguntaron: ¿has traído el vino?, a lo que nuestro recadero enseñando la garrafa vacía y con la mano en la barriga contestó, “lo traigo pero no lo traigo”.

Pablo Zorita nos envía esta historieta de un bromista. El molde de los bulles. Había un señor muy amigo de gastar bromas pesadas, se cuenta que cuando en su casa hacían la matacía del cerdo salía a la calle y a algún crío o mocete le decía "Ves a tal casa y dile que te dejen el molde de hacer bulles, que te daré alguno" En la casa a la que había mandado al chico, ya de previo acuerdo, le daban un saco en el que habían metido un par de adobas y las llevaba al mandante, cumplía la promesa y daba al chico algún bull que bien se los había ganado, pero él se destornillaba de risa.

Allí había algo. Otra historieta del Pelaire. Familia de pescadores, los Pelaires bajaban al río muy a menudo, cuando al pasar por un remanso el bisabuelo dijo "aquí estaba". No quiso decir nada a las preguntas que le hicieron sobre el tema. La historia se repetía cada vez que pasaban por aquel lugar, y él solo respondía con "aquí estaba".
El misterio lo desveló poco antes de su muerte y dijo que un día que iba solo por allí, se encontró un muerto en la orilla y no se le ocurrió otra cosa mejor en aquellos tiempos difíciles que empujarle río abajo y decirle : "ala, a hacer gasto a otro pueblo".

El milagro de la ropa seca. Cuentan que en otra ocasión hubo una tronada enorme y el Pelaire que ya conocemos, regresó del campo con las ropas completamente secas. Todo el mundo quería saber cómo era posible aquello (lo que también tardó un tiempo a decir). Se había desnudado y escondido la ropa en un agujero, poniéndosela al terminar la tormenta.

Balsa de Belver. Se encontraba, en el lugar que hoy ocupa el aparcamiento de las piscinas, servía para “abrebar”, tanto al ganado, puesto que por allí para la cabañera, como a los animales de carga de los ejércitos, en el siglo “tal” la reina, intercedió para que se limpiase dicha balsa, puesto que había problemas. También tenía la utilidad de frenar las aguas de las tormentas, puesto que de ellas se abastecía aliviando de ese modo el caudal que llegaba al pueblo procedente de la Sardera.

La Cruz. Que se encuentra al final del paseo, justo antes de llegar al “Choperal”, además de ser el lugar donde se quemaron las imágenes y retablos de gran riqueza, especialmente uno del siglo XII dedicado a San Juan Bautista, que pertenecía a la primera Iglesia, hoy destruida que se encontraba en el alto de San Juan.

Matadero Municipal. Todavía hoy se puede ver parte de la infraestructura, se encontraba en el camino del río a unos doscientos metros de la carretera y contaba con un "abrebadero", seguido de una balsa para lavar y aprovechar el agua para las matanzas de animales, es de suponer que contaría con alguna edificación, sin haberlo podido constatar.

Los callizos. La mayor parte de estos callizos se encuentran en la calle Mayor, en tiempos algunos de ellos tenían acceso, bien al barranco o a la carretera, contaban con puerta para cerrarlos de noche, más adelante se donó terreno para construir casas, cerrando de esta forma alguno de ellos. El más representativo es el de la “Chuta”, que debe su nombre a esa ave nocturna y que todavía hoy tiene acceso a la Avenida de Aragón, por un estrecho paso y unas empinadas escaleras.


Recopilación :  Cesar Canalís